domingo, 8 de septiembre de 2013

Capítulo 5: Buenas y malas noticias

Narra Vachel
Fausto asintió convencido cuando el médico le volvió a preguntar si de verdad tenía el dinero. Sacó una chequera de su bolsillo antes de firmar un talón por veinte mil dólares. Claudio le dio un abrazo mientras le agradece mil y una veces lo que había hecho por su novia. Fausto se muestra molesto ante el contacto con el muchacho y le empuja enseguida con gesto de asco. Symphony suelta una carcajada que debió oirse por todo el pasillo, le hacía gracia ver a Fausto enfadado por semejante tontería. La noto más alegre ahora que sabe que Judy se recuperará.
Sorprendentemente es la primera en salir corriendo en cuanto avisan de que puede tener visita. Aunque al llegar a la puerta da un frenazo en seco, pone cara de póker y entra con aire de indiferencia. Lo primero que hace al verla es darle un beso, le daba igual que estuviéramos ahí, no le importaba. A los tres se nos debe haber quedado una cara impresionante, al más puro estilo del cuadro de Edvard Munch, El grito. Cerramos la puerta a nuestras espaldas con sumo cuidado para dejarles intimidad, pero no pasan ni cinco segundos desde que la cerramos cuando Claudio la vuelve a abrir llamándonos tontos. A mi todo eso del romanticismo me parecía asqueroso, si de mí dependiese mataría al romanticismo y lo enterraría en las profundidades de la tierra. Me quedo en pie apoyado sobre la pared, ellos parlotean sin parar durante una hora, luego nos marchamos sin Claudio. Él se quedó en el hospital, pasaría la noche allí junto a su querida.
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Lo primero que hago al llegar a la casa es revisar todas nuestras pertenencias por si había algún bicho más, pero está todo limpio. Me bebo unos tres litros de agua, tanto tute estoy que no me tengo en pie, sólo quiero dormir. La ciudad, pese a que es de noche, estaba muy animada y se oían los festejos que tan comunes eran allí. Symphony bajó a comprar algo de ropa para nosotros, en Shine las tiendas no parecían cerrar. Al regresar nos entrega un par de pijamas y se encierra en el baño para cambiarse y asearse. Uno tendría que dormir en el sillón, probablemente me tocaría a mí, pienso con aire depresivo. Fausto se pone un pasador en el pelo a la hora de preparar la cena, lo cual me sorprende porque supuse que tendría cocineros. Fettuccine con salsa Alfredo, olía que alimenta. Casi no puedo esperar a que estemos todos sentados alrededor de la mesa para ponerme a comer. A Symphony le cuesta comer con las heridas de la mano y aunque Fausto se ofrece a darle de comer, ella le gruñe antes forzar sus manos para que sujetaran al tenedor.
-¿Sabes que esa actitud de chica cabezota es muy poco atractiva?- le dice Fausto.
-No me importa.- responde sacando la lengua.
-Dejen la pelea para luego, parecéis niños. Del amor al odio sólo hay un paso, ya habéis oído el dicho.
-Entre nosotros no hay amor, ni lo habrá.- contesta con convicción.
-Claro.- responde con tristeza Fausto.
-Cambiando de tema, ¿dónde dormiremos cada uno?
-Yo puedo dormir en el sillón y vosotros en la cama, así podréis descansar.
-¡No!- bramo de improviso.
-¿Acaso no te gustaría pasar una noche conmigo, guapo?- me dice Fausto con tono insinuante y burletero mientras me guiña un ojo.
-Ni en mis peores pesadillas.
-Pues echadlo a cara o cruz. Yo me voy a sobar ya.- dice Symphony antes de irse.
Tal y como nos dijo, lo echamos a suerte y al final acabé ganando. Me acuesto en la cama junto a Symphony, ella ya está dormida, yo no tardo en sumirme en un placido sueño que fue reparador.
A la mañana me despierto el primero, me dirijo a la cocina con un sueño tremendo, bostezo a cada rato y siento que si me quedo quieto me volveré a dormir. Medio consciente abro la nevera para servirme un vaso de leche, dejo el cartón de leche sobre la encimera de mármol y me llevo el vaso. Cuando voy a sentarme a la mesa paso delante de Fausto y como ver que todavía sigue descansando me molesta, poso la base del vaso sobre su frente. Pone una mueca de disgusto antes de comenzar a agitar las manos en el aire, luego abre los ojos de golpe y se lleva las manos a la cabeza. Emito un risa cruel con una voz más ronca de lo normal, así que me tengo que aclarar la garganta tras la burla. Fausto se estira antes colocarse boca abajo para seguir durmiendo, será gandul.
Sentado en de las sillas de mimbre que rodean la mesa de cristal me bebo despacio lo que sería mi desayuno. Lavo el vaso más por manía que por consideración, me cambió de ropa y salgo a la calle. Fuera hace fresco, el aire choca contra mi espalda, aquí hace un frío que pela. Las aceras están en su mayoría vacías, la carretera desierta, no se puede tener buena noche y buen día, me digo a mi mismo. Estoy buscando una biblioteca, para obtener información sobre mi ciudad natal. Son pocas las personas con la que me encuentro, pero pregunto a todas si en la zona hay alguna librería o biblioteca. Al final tras varias indicaciones encuentro el lugar, es un edificio de fachada de color trigo, de aspecto antiguo, pero por los acabo se nota que no tendrá más de veinte años. Pregunto a la chica del mostrador si tienen información sobre una ciudad que fue destruida hace veinte años. La chica, una joven de pelo platino y ojos de un celeste que parece que se puede ver a través de ellos, me dice que le parece que si tienen. Le pide a una mujer de unos treinta y poco años que la cubra, ella se levanta de su sitio y me guía  por los numerosos pasillos llenos de libros. Se coloca unas gafas de montura rosa cuando llena a una zona de libros históricos. La muchacha tiene aspecto aniñado no tendría más edad que yo, mediría un poco más de metro sesenta y era bastante guapa.
-Aquí tienes.- dijo mostrando dos libros de apariencia desgastada.- Es extraño que gente de tu edad se interese por estas cosas.
-Era la ciudad de mi abuelo, jamás me dio información sobre lo que ocurrió.
-Si mal no recuerdo lo que tú buscas es la antigua ciudad del comercio, Cambium. Por cierto, mi nombre es Lorette
-Yo soy Vachel, mucho gusto.
-Lo mismo digo y espero verte por aquí más veces. Si me disculpas he de volver a mí puesto.- se excusa con educación.
La veo irse con andar elegante hacia el mostrador, no lleva tacones, sino unas bailarinas doradas que no elevan para nada su altura. Me gustan las chicas con ese aspecto tan natural, sin apenas maquillaje en el rostro que atenuen sus imperfecciones. Una persona era como era, no había vuelta de hoja, pero intentar engañar al mundo aparentando carecer de defectos, eso no me gustaba. Bajo la vista hacia el libro, de cubierta de cuero marrón, con letras escritas en negro; Cambium: La ciudad del comercio. Me dirijo a una de las mesas vacías que veo.
Aquel lugar era la descripción de agradable, dominaba el silencio, olía a madera, a papel y un poco a polvo. La decoración era agradable, ficus adornando el final de las secciones, claveles en el centro de las mesas para dar un poco de color, un sitio en el que a mi personalmente me gustaba estar.
Abro el libro de hojas amarillentas por el transcurso del paso del tiempo y el polvo acumulado tras años de estantería. Tras ojear un poco el libro, encuentro un pasaje interesante, en el que decía:
"En pleno auge, la ciudad se vio asolada por un virus, el nombre del cual ha sido protegido por el gobierno. Las fuerzas armadas fueron partícipes del intento de rescate de los ciudadanos. Según los datos mostrados semanas después, no hubo supervivientes."
Leo las tres últimas palabras varias veces, aquello debía ser erróneo, mi familia sobrevivió. Le saco una foto a la página cuando veo que llevo enfrascado en la lectura unas dos horas, coloco el libro en su estante, me despido de Lorette y me largo corriendo de allí. Recorriendo las mismas calles en orden inverso, tratando de recordar algún retazo de mi memoria que me ayude a volver. Tras un par de confusiones hallo el edificio en el que ahora Symphony vivía. Antes de tocar la puerta ya oigo los gritos de ambos en medio de una pelea, todavía no eran ni las doce y ellos con ese barullo. Había momentos en los que se llevaban tan bien como dos espíritus afines y en otros se llevaban tan mal como perros y gatos, éste era uno de esos momentos.
Toco la puerta con los nudillos, pero no sucede nada, ambos pasan de mí olímpicamente. Vuelvo a golpear la puerta, está vez lo hago con más fuerza y tras lanzar algo metálico a juzgar por el sonido, me abren. Fausto es quien aparece tras la puerta, al verle la cara descubro que tiene una brecha en la frente. En la cocina está Symphony con una sartén en la mano, en el suelo hay una cacerola, ¿se la había lanzado al pobre? Recojo la cacerola del suelo antes de mirar a ambos en busca de una respuesta cuerda, pero sé de antemano que no la recibiré.
-¡Me ha robado el móvil!
-Vives enganchada a la red, por un día no te vas a morir.
-Llevo casi una semana sin actualizar mi blog, me tomarán por muerta.- se defiende antes de lanzarse contra él para recuperar el móvil.
-¿Os habéis golpeado por esa estupidez?
-Ella es así de tonta.
-No la culpes a ella que tú también tienes tus cosas. Dale el cacharrito antes de que te dé un sartenazo.
-Mi móvil no es un cacharrito, pero gracias por hacer que me lo devuelva.
Al recuperar el móvil de última generación besa la pantalla táctil y se sienta en el sofá a escribir. Fausto la llama adicta antes de irse al baño a limpiar la sangre que le corría por el rostro. Se queja mientras presiona un paño contra su herida y parece que a Symphony le remuerde la conciencia, porque tras actualizar su blog, se levanta para ver si Fausto se encuentra bien.
Aporrean la puerta, lo hacen con fuerza. Yo abro de golpe antes de que se carguen la madera y veo a Claudio con la ropa empapada. Afuera estaba lloviendo, se oían las gotas chocar reiteradamente en la ventana, una y otra y otra vez. No escampaba, cuando yo regresaba cayeron las primeras chispas, parecía que se hubiera bañado con la ropa puesta. Sin saludarme siquiera se fue a la habitación mientras se despojaba de su ropa hasta quedar en calzoncillos. Me llevo la mano a la frente antes de indicarle donde está la ropa limpia. Symphony y Fausto se sobresaltan al ver al chico que ha salido de la nada, resulta que había vuelto porque Judy estaba preocupado por él. No había comido nada desde hace veinticuatro horas y ella temía que fuese un riesgo para su salud. Fausto, que se ha autoproclamado chef de la casa, prepara algo para que coma. Puede que no fuese muy simpático a la hora de servirle la comida y que le soltara un par de insultos, pero aún así era normal, puesto que la chica a la que amaba estaba enamorado del chico al que detestaba. Visto así suena un poco rollo, hasta estúpido, lo sé.
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El muy manipulador de Claudio nos acaba arrastrando hasta el hospital, a Symphony hay que hacerla entrar casi a patadas, ya que se sujeta a la puerta cual gato al ver agua. Sabemos de sobra que odia todo lo relacionado con medicina, pero eso ya es pasarse. Le doy un capón que me es devuelto por Fausto, parece ser que es más protector con ella de lo que pensaba. Al entrar en la clínica nos vamos directos a la habitación de Judy, hay un grupo de chicos cerca de su habitación, pero están tan subidos en su conversación que ni nos ven. Visten raro, muy estrafalarios, en total son cuatro, dos chicos y dos chicas. El que parece el mayor, de pelo morado y atuendos góticos recargados se pone a escribir algo en su móvil. Una de las chicas si que se da cuenta de nuestra presencia, nos saluda con una sonrisa. Ésta tiene afecto por las vestimentas de colores chillones, parece más amigable que sus compañeros.
Al entrar, hablamos con Judy sobre el tiempo que tardarían en darle el alta, lo que me sorprendió es que se la daban hoy. Por la noche ya estaría en casa, aunque ella quería ir al desfile que había hoy y al parque de atracciones. Casi se muere, pero ella no perdía el ánimo. Como estaba enferma, le hicimos el gusto.

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