viernes, 6 de septiembre de 2013

Capítulo 4: Exceso de cariño y un insecto mortal

Narra Symphony
Le he tenido que decir a Fausto que estaba bien y el me comentó que había venido a buscarme junto con Vachel. Al menos he podido pasar al hospital para que me curen el brazo, no está excesivamente infectado así que se pondrá bien, aquel animal tenía buenas zarpas. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo, asustada, herida y sola en un lugar que desconozco trataría de sobrevivir y desconfiaría de la gente. Según me dijeron en el veterinario al que fui tras salir del hospital sólo tenía una leve cojera que se pasaría con reposo, al parecer era una hembra de yaguarandí domésticada, por lo que alguien la había abandonado. En esta ciudad era común ver mascotas acompañando a sus dueños, pero ninguna tan singular como aquel puma con tamaño de gato. Las heridas que tengo por haber roto el vaso están cicatrizadas, pero la infección por la zarpa es de mayor gravedad así que llevo vendas puestas en el antebrazo derecho. Lo que más me supo al alquilar un piso fue el poder darme una ducha y cambiarme de ropa, sentirme limpia y fresca como una rosa. Me pongo un vestido rojo de algodón que me llega a las rodillas y un chaleco vaquero de color gris oscuro con mis zapatillas de toda la vida, la ropa la había comprado a un mercader por ocho pavos. Era mejor que llevar ropa sucia como una mendiga en medio de la calle. La yaguardí, bautizada por mí como Venus, se había quedado dormida en mi cama, así que no alteré su sueño y salí a la calle con energías renovadas. Puede que pasara un tiempo en esta ciudad, me digo a mi misma sacando fotos como toda buena turista. El móvil comienza a sonar en cuanto lo voy a guardar en el bolso, era una llamada de Fausto, así que contesto.
-Estamos en la entrada.
-Yo estoy cerca, voy para allá.- digo sin darle demasiada importancia.
Dejo atrás el banco en el que estaba sentada para salir en su busca, de camino choco contra unos chicos de aspecto extravagante, aún más que los que vi en Nova, no me dicen nada por haber chocado con ellos. El que ni siquiera se quejaran me parecía raro, pero no tenía tiempo para pensar en que era y en que no era raro. Continué abriéndome paso a codazos hasta que los encontré. Me dispuse a dar un abrazo a ambos chicos, pero entonces veo a Judy y a Claudio, por lo que retrocedo tanto que estoy a punto de bajar al suelo asfaltado. Fausto intentó acercarse a mí, pero le grité enfurecida que me había mentido. Aquello era como una traición a mi persona, había traído al chico que me gustaba y a su novia, parecía un plan maquiavélico para hacerme sufrir. Le miro con mezcla de odio y tristeza, no me esperaba eso de él, mi compañero, mi amigo, mi apoyo ¿Acaso no podría confiar mis secretos a nadie? Debió decírmelo, para algo éramos amigos, existía la confianza.
-Symphony, lo siento, no quería mentirte.
-Aún así lo has hecho.
-De haberte dicho la verdad no hubieras accedido. Estaba preocupado por ti.
-Sé que te preocupas por mí, pero me las arreglo bien sola.
-Yo estaba muy bebida esa noche, perdona por mi comportamiento.- se disculpa la pelirroja.
-No me fui por eso sólo, así que no pasa nada. Además, si Claudio es feliz, yo también debería serlo.- digo mostrando una sonrisa de dientes perlados que me cuesta esbozar.- Aunque tú no te libras tan fácilmente Fausto.
-¿Por casualidad sabes donde podemos bañarnos?- pregunta Vachel.
-Oh, si, he alquilado un piso.
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Les llevo hasta donde había comenzado a vivir, no es un lugar muy grande, pero había hueco para todos. Judy es la primera en correr hacia el baño, parecía no estar acostumbrada a la suciedad. Suelto una risa inaudible antes de enseñar la casa a los chicos, todos se llevaron un buen susto al ver a Venus, ya que emitió un bufido. Ellos todavía tienen que instalarse por lo que yo sólo soy un estorbo si me quedo. Subo por las escaleras de incendios a la azotea. Me gusta sentir el aire fresco chocando contra mi cuerpo, parece que se lleva todas las malas energías. Extiendo los brazos para dejarme mecer por la suave brisa, cierro los ojos y permanezco quieta. Mi pelo ondea al son de aire, quiero dejarme caer, me encantaba hacerlo en casa, pero el suelo aquí era de cemento y en casa lo hacía sobre el césped. Si ahora me tirara al suelo acabaría probablemente con una factura craneal. Siento como unos brazos rodean mi cintura y como una barbilla se apoyaba en mi hombro. Mi cuerpo se tensa y me encojo, pero al bajar la mirada para apartar sus manos distingo un anillo plateado con una piedra negra, es el anillo de Fausto. Me da un beso en la mejilla y luego se aparta por si acaso se me ocurre pegarle un puñetazo o algo por el estilo. Me doy la vuelta y el sonríe de forma jovial cuando ve que le miro fijamente. Ya se ha bañado, pero se dio más prisa por verme y no se tomó las molestias de secarse el pelo, que ahora goteaba mojando su camisa.
-Casi logras que me dé un infarto.- dice cogiéndome la mano.
No sé si para él eso de cogerme la mano significa algo, pues siempre ha sido muy atento y cariñoso.
-¿Y eso?¿Tan mal me veo?
-No, tú siempre estás...Me refería a cuando te fuiste.
-Lo siento, y te robé una cosa.- digo sacando la lengua.- Me llevé tu blusa de emergencia.
-No tienes futuro como ladrona, eso apenas vale nada.
-Quería tener algo que me diera fuerza cuando flaqueara y como no te podía llevar, cogí algo tuyo.
-Eres tonta.- me dice con rostro serio.- Me podrías haber llevado, no me negaría.
-Eso no lo dudo. Gracias por venir, así no me siento tan sola. Aunque podrías haber dejado a Claudio y a Judy en el bosque.
Le abrazo con ternura y él me besa la frente antes de invitarme a bajar junto a él. Que buen amigo es para aguantarme como lo hace desde hace tanto. Al llegar vemos a los dos chicos atacando los dulces y la comida que había comprado, casi me da un infarto. Hacer la compra me había supuesto una gran cantidad de dinero, debía de alcanzarme para todo el mes. Se estaban bebiendo hasta la leche de soja, Claudio se la está tomando a morro de la botella. Se la arranco de golpe y en ese momento escucho un grito y el golpe de algo pesado al caer en la habitación contigua. Todos nos sobresaltamos, el que reacciona primero es Vachel, que sale corriendo como alma que lleva el diablo hacia donde gritó Judy. Nos la encontramos tirada en el suelo inconsciente, sobre su pierna hay un extraño insecto que parece un alacran con alas de mariposa. Ese insecto, en la escuela lo habían nombrado, provocaba trombosis por coagulación y llegaba a ser mortal. Encierro al insecto en un bote vacío de mermelada y le pido a Vachel que haga un par de agujeros en la tapa para que el bicho no muera asfixiado. Llamo a la ambulancia desde el fijo para que manden una ambulancia. Cuando me aseguro de que ya vienen busco el botiquín en el que me pareció ver warfarina, si había le podría inyectar una dosis mínima. Para mala suerte de Judy el medicamento estaba caducado, por lo que sólo pudimos esperar. Los de urgencias se la llevaron enseguida, Claudio no fue en la ambulancia, estaba paralizado por el miedo y no paraba de temblar como un perro asustado. Creo que esa vez fue cuando realmente comprendí que él la amaba, que temía tanto por la vida de la chica que era incapaz de reaccionar, incapaz de ver un mundo sin ella. Una oleada de envidia sacude mi cuerpo, ellos tenían todo lo que yo había querido y aunque parecía que aquello les volvía débiles, en realidad les fortalecía. Odiaba cuando Fausto tenía razón, que era casi siempre. En ese momento la cadena del encaprichamiento se rompió, un eslabón se partió y la dividió, cortando cualquier lazo, frágil cual hilo de araña. Veo que la posibilidad de un amor entre nosotros se torna casi imposible. Le pregunto si vamos al hospital, él asiente cuando vuelve en sí y le acompañamos.
  *     *     *     *     *     *     *     *     *
No nos permiten verla, está en cuidados intensivos. Alcohol, cloro, desinfectante, sangre, muerte. Aquel olor a hospital me anula el sentido del olfato, no me gusta estar allí, siento que tengo un peso en el pecho que me impide respirar con normalidad. El ambiente cargado, con las salas de espera a tope y los enfermeros y médicos transportando camillas de un lugar a otro. La ansiedad se apodera de mí, ver a tanta gente enferma no me gusta, así que me levanto de la silla para ir a la salida. Ahí me compro algo dulce porque creo que me voy a desmayar, una chocolatina con almendras.
-Me olvidaba de que no te gustan estos sitios.- dice pellizcándome la mejilla.
-Es un ambiente demasiado tenso para mi gusto.
-Pues a mi me ibas a visitar todos los días, nunca fallabas.
-Creo que por eso ahora los odio, no me gustaba que estuvieses allí.
-¿Te preocupaba?- pregunta acercándose a mi para acariciarme el pelo.
-Lo normal entre amigos.- contesto dando un mordisco al dulce.
-Yo creo que te preocupabas un poco más.
Cuando me acabo la chocolatina veo que no me quita el ojo de encima.
-Me he manchado ¿No?
-¿Cómo lo has adivinado?- dice fingiendo sorpresa antes de reírse.
-Oh, venga ya. No deberías burlarte cuando sabes que siempre me pasa.
Trato de limpiarme con la mano, pero al parecer no acierto porque Fausto pasa su dedo por mis labios con cuidado. Luego se limpia con un pañuelo que sacó del bolsillo y que luego volvió a guardar. Mira si era difícil, hubiera sido más fácil que me diera el pañuelo, sin necesidad de todo lo demás.
-¿Sabes por qué he tenido que salir? No ha sido sólo por ese olor a productos de limpieza.
-No lo entiendo.- me dice ladeando un poco la cabeza.
-Tuve que irme porque tenía miedo de que si permanecía allí llegara un médico y nos dijera que...que Judy...- la voz se me quiebra y me desmorono.- ¡No quiero que muera! ¡La odio, pero no soy tan mala como para quererla muerta! Quien sabe lo que haría Claudio si eso pasara, podría hasta suicidarse y su familia...su familia quedaría destrozada. Todo sería por mi culpa.
-No, no es culpa tuya. Nada de esto es culpa tuya.- me repite envolviéndome entre sus brazos con voz suave, a la par que tranquilizadora.
En cualquier otro momento le hubiera apartado de un golpe, pero su compañía en estos momentos me resultaba muy placentera. Cierro los ojos para escuchar los latidos de su corazón, van a una velocidad de vértigo. Su cuerpo es cálido y cómodo, huele a mi jabón con extracto de coco. Siento como su respiración choca con mi pelo y como sus labios me besan la cabeza. Intento deshacerme de su abrazo cuando excede los límites de la normalidad, pero éste me frena para estrechar más nuestros cuerpos antes de soltarme definitivamente. En ese momento el rojo domina su rostro, creo que el mismo color también lo posee ahora mi cara. Él era mi amigo no debería de haber hecho eso, menudo lío, nada parecía salir a derechas últimamente.
-¿Por qué lo has hecho?- le pregunto.
-Parecía que lo necesitabas.
-Ya, pero no tenía por qué durar casi dos minutos.
Parece disgustado ante mi súbito enfado, pero se esfuerza en curvar sus labios en una sonrisa tímida. Logró darme ánimos para volver a entrar en aquel lugar sin sentirme asfixiada o a punto de tener un ataque de ansiedad. Nos volvemos a sentar en las sillas, Claudio está llorando en silencio con las manos cubriendo su rostro. Vachel está con los brazos cruzados y los ojos cerrados, hubiese jurado que estaba dormido de no ser porque golpeaba el suelo con uno de sus pies en un gesto nervioso. Yo comienzo a leer una revista tratando de no ponerme histérica ante la tardanza de los médicos en otorgarnos alguna nueva. Hay un artículo en especial que me llama la atención, es sobre unos rumores sobre la destrucción de una antigua ciudad, hace cuarenta años. Como aquella noticia me parece algo muy triste, paso página con rapidez para ponerme a leer un artículo sobre el parque de atracciones. Según pasaba el tiempo yo acabé con la revista y me puse a leer otra, al llegar a la mitad llegó un médico para decirnos que estaba estabilizada, pero que (siempre hay un pero) no podría ser dada de alta debido a que necesitaba medicación y tratamientos constantes. Resulta que las hemotoxinas del insecto permanecían en el organismo y que hacía falta un ingrediente demasiado caro como para que el hospital lo tuviera a su disposición. Era una planta conocida comúnmente como "don de ángel" que sólo crecía en una montaña bajo unas condiciones específicas. El precio era demasiado caro como para poder pagarlo, aquella planta tenía un precio de casi veinte mil pavos. Claudio, que se había puesto en pie al ver al doctor, se tiene que sentar al oir el precio. Yo siento que me vengo abajo, que el mundo se cae a mi pies. Cuando se tiene una vida como la mía en la que lo malo suele ser algo pasajero y nunca permanente o significativo, aquello duele como si te clavaran una flecha envuelta en fuego. Sin darme cuenta me he tapado la boca con la mano por la sorpresa e impotencia, no podía hacer nada por ella, pienso cerrando los ojos con fuerza. Pero cuando creo que la esperanza está en algún nicho, lejos de aquí, Fausto dice que él puede hacerse cargo.

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