lunes, 9 de septiembre de 2013

Capítulo 6: Dolor y amor

Narra Symphony
Esta sensación es tan extraña, jamás la había tenido. Mi corazón palpita a la velocidad que un colibrí agita sus alas, no puedo evitarlo. De mi cara ni hablamos, roja como los pétalos de una rosa en su momento de esplendor. Quiero escapar de aquel brazo que sujeta mi cintura, que junta su cuerpo contra el mío mientras andamos. Parecemos una pareja, hasta Claudio y Judy se mantienen más alejados, tan sólo cogidos de la mano. Sentir el calor de su cuerpo me incomodaba bastante, por lo que andaba más tensa que la cuerda de una guitarra.
El desfile es algo que calificaría como hermoso y espectacular. Tienen lo más novedoso en tecnología, hologramas muy conseguidos de seres fantásticos que paseaban entre la gente, o incluso volaban sobre ellos. La banda iba al compás sin fallar en una nota o sonar disonante, las bailarinas se movían al ritmo de la música contoneándose como verdaderas diosas. Sus ropas son otra de las cosas que me fascinó, plumas, brillo, luz, con colores fantásticos de los que te hacen soltar una ovación. Fausto ya no me toma por la cintura, se limita a contemplar el espectáculo, como el resto. Hago fotos que más tarde subiré al blog, Fausto me trata de quitar el móvil de nuevo, pero el bueno de Vachel se lo impide. Le saco la lengua de forma burletera antes de alejarme para que no me cogiera. En ese momento vuelvo a ver a esos tipos, con esta ya les había visto tres veces. Por alguna extraña razón creo que nos están siguiendo, era un presentimiento que me invade el pecho. Como me quedo mirando a aquella pandilla, no advierto que Fausto me ha alcanzado.
-¿Qué miras?- me pregunta con curiosidad.
-Nada, no miro nada.
-Pues venga, vámonos...¿Dónde se ha ido el resto?
-Es verdad, no están. Llamaré a Judy.
-Mejor no lo hagas, quiero pasar un tiempo a solas contigo.- dice al cogerme de la mano.
-Fausto, casi siempre estamos juntos. Ahora suéltame.
-Eso es mentira, las únicas veces que estamos juntos a solas es cuando estás inconsciente por lo mucho que bebes.- lo que dice me duele.
-Te has pasado de cruel, ha sido una indirecta en toda regla.
-Lo siento, pero odio que te emborraches, a mi me gustaba eras una sencilla e inocente niña. Hay veces que apenas te reconozco con todos esos piercings, esa ropa y ese pelo ¡Quiero a la chica de la que me enamoré!
-¿Qué?- es lo único que soy capaz de articular.
-Era mentira, no lo decía en serio.- se apresura a decir.
-Y hablas de crueldad, con esas cosas no se juega. Por cierto, si tanto te molesta que beba tanto, dejaré de beber y respecto a los pierciengs, también tenía planeado cambiar de imagen, las fuerzas armadas no quieren monos de feria.
-¿Lo harías por mí? Realmente eres una buena persona.
-No soy buena persona, eres tú quien me contagia.
Me besó en la mejilla con una ternura muy propia en él, su beso volvió a ponerme nerviosa ¿Acaso me gustaba? Deseché la idea casi tan rápido como vino, él no podía gustarme, ni en un millón de años. Aún así el mero roce de sus dedos contra mi piel hacía que un cosquilleo recorriese mi espalda. Despegó sus labios de mi piel y sujetó mi rostro con sus manos cuando me dijo:
-Si que estoy enamorado de ti.
Me quedo sin habla, no pude ni soltar un triste monosílabo. Doy un paso atrás rompiendo el contacto visual, se me acaba de declarar mi mejor amigo. Un torrente de emociones me embarga, le quiero, pero no sé si de esa forma. Él espera una respuesta de mí, una respuesta que no tengo.
-Has vuelto a caer.
-Hijo de perra.- digo entre dientes.
Se ríe con tanta fuerza que se lleva la mano al estómago del dolor. Sufro una mezcla de euforia y decepción, me sentía fuera de presiones, pero por otro lado esperaba tener a alguien que me quisiera. Él sería perfecto para ese papel, era buena persona, gracioso, quizás un poco pesado, pero también era educado, listo y muy atractivo. Puede que yo no le gustase por mi físico y mí exceso por la bebida, como ya me había dicho. Mañana le daría una sorpresa, pienso mientras ambos entramos por la puerta que daba a la parte techada del parque de atracciones, de blancas y curvas paredes metálicas.  El grupo raro nos sigue, eso ya sobrepasa lo inusual, por eso meto mí mano izquierda en el bolso buscando mi puño de acero. Fausto se ha dado cuenta también del hecho de que nos siguen, así que con cierto disimulo saca una pequeña navaja. Sonreimos con complicidad, ambos hemos estado metidos en diversas peleas, yo más que él. Eran algo normal cuando se trataba de dos hijos de miembros del Consejo, todos nos odian. Nos vamos hacia el pasillo de mantenimiento, donde están las salas de máquinas, los despachos y los cuartos de la limpieza, allí hay menos movimiento. Esperamos a que vengan, no tardan más de dos minutos en aparecer. Al no saber sus intenciones escondemos las armas para que no las vean. El que parece ser el líder se adelanta quedando un paso por delante de los demás. Lleva un pelo alborotado de color lila y ropa gótica con demasiado accesorios. Tiene los ojos de un azul muy claro, casi transparente, no creo que ese sea su color de ojos real, por lo que lo aludo a lentillas. Si quiere pelea la tendrá, aún con la infección que me invade el brazo soy capaz de dejar inconsciente mínimo a uno de ellos. El chico no abre la boca, si venía a hablar ya estaba tardando. Si intentaba lograr una pausa dramática había alargado demasiado el momento hasta el punto de resultar irritante. Cuando ve que nos hemos hartado, se pasa la lengua por los labios y, finalmente, habla.
-Hijos del Consejo, hacía mucho que ninguno tenía la desfachatez de venir aquí.
-¿No tenemos derecho a divertirnos?- dice Fausto.
-Si, pero no en nuestro territorio. Vuestros padres regentan las normas, dictan lo que saldrá o no a la luz, deciden quien es y no es pobre.
-Ellos, no nosotros.
-Pero atacando a sus hijos, podremos lograr que nos escuchen. Nos toman por locos, nos ignoran, un secuestro puede que cambie algo.
-Claro, no hay nada mejor que un delito para demostrar vuestra cordura.- digo sardónicamente.
-Tú burlarte.
-Es lo que hacía la señorita. Déjame una cosa clara antes que limpie el suelo con tu cara...
-No quiero perder el tiempo.- interrumpe el gótico lanzándose al ataque.
Ataca a Fausto, quien esquiva el golpe con astucia y le pega un puñetazo que lo deja en el suelo. Entre tanto, una chica de pelo blanco con las mismas lentillas de sus compañeros, decide que será mi contendiente. Lleva una blusa roja con una calavera negra en el centro y unos shorts a juego con la calavera. El combate no comienza muy bien para mí, la tía usa nunchakus y me dan el pierna. Tras soltar un gemido de dolor me incorporo antes de darle de lleno con el puño de hierro en la mandíbula. Al caer al suelo la empiezo a usar de saco de boxeo, pero de los dos compañeros que permanecen sin intervenir, uno siente lástima y se acerca. Es más pequeña que yo, tiene aspecto asustado, lo único que hace es pedir clemencia por su amiga. Esta chica que viste con colores chillones parecía estar completamente fuera de lugar.
Fausto y el gótico siguen con las patadas y puñetazos, ambos sin usar armas, Fausto no quería herirle. Cuando trato de ayudarle me sujeta un chico con una gorra que le cubre casi los ojos, era el que faltaba por intervenir. Veo como mi amigo cae al suelo ya casi inconsciente, tengo que ayudarle, pero no puedo. Me retuerzo tratando de golpear sus piernas o al menos poder darle un mordisco en la mano. Parezco un pez fuera del agua tratando de respirar y como mis movimientos le resultan molestos me golpea varias veces haciendo que quede tirada en el suelo. Antes de perder la consciencia oigo la voz de Vachel y la parejita, que malas jugadas te puede pasar la mente. Alargo la mano en un último intento de sujetar la de Fausto, no lo logro.
  *     *     *     *     *     *     *      *     *
Abro los ojos despacio, la luz me molesta mucho, la habitación da vueltas y juro que por un momento me parece que se va a replegar sobre sí misma. Lo que es ver bien, no veo, sólo distingo siluetas débiles y emborronadas con aspecto grotesco a mi parecer. Lo último que hice fue pelear, al menos puedo asegurar que mis recuerdos están intactos. Voy a sentarme, pero un peso en mi pecho me frena, por lo que permanezco inmóvil. A mis oídos llega una voz suave y conocida, alterada por los sentimientos, pero la reconocía. Fausto. Una voz le contesta, es más grave y un poco ronca, sin duda es ¿Vachel? ¿Acaso no habíamos perdido y por lo tanto, secuestrados? Vuelvo a tratar de erguirme, el mismo peso me echa para atrás otra vez y hace que me cueste respirar. Con la mano palpo lo que hay sobre mí, es una persona y por lo que parece llora. Le doy golpes con la mano para que reaccione y se aparte, no lo hace. Le suelto un puñetazo en la cabeza y como me escasean las fuerzas apenas se inmuta, pero se levanta y me mira. Era Fausto, ya había pasado un rato desde que desperté por lo que mi vista estaba lo suficientemente bien como para distinguirle.
-¿Estamos secuestrados?
-No, imbécil.- me responde  feliz y con los ojos llorosos.
-Estás raro, más de lo normal.
-Llevas casi dos días en este estado, Vachel tenía razón, sólo te hacía falta descansar.
-Los tipejos frikis...¿Qué pasó con ellos?
-Claudio y Vachel, que son unos brutos. Me da que mataron al del gorro, al final de la pelea no respondía.
-Espero que lo hayan hecho ¿Estás bien?- pregunto al ver sus cardenales y el labio partido.
-Mis golpes fueron a la cara, los tuyos al estómago, técnicamente estamos iguales.
-La verdad es que prefiero no verme.
-Yo tengo miedo de ver como estás, ha sido Judy la que te ha tratado.-dice pasando la mano por la zona vendada de mi estómago.
-Es una sanadora, como en los MMORPG.
-Tanta tecnología está haciendo que hables en un idioma que desconozco. Me disgusta un poco que hayas despertado, quería probar el plan B.
-¿Cuál era?
-Yo lo llamo "despertar a Blancanieves".- responde antes de salir del cuarto y cerrar la puerta.
¿Ha sido una insinuación de beso? Debe ser que todavía estoy media dormida. Me pongo en pie casi de golpe, pero ese exceso de energía repercute sobre mi cuerpo causando dolor. Lo bueno es que podría descansar, me digo a mí misma mientras busco mis zapatillas debajo de la cama. Me topo con algo mullido y blandito que emite una especie de ronroneo al acariciarlo ¡Venus! La saco de su escondrijo antes de estrujarla, ya ni cojea. Las zapatillas las encuentro en el armario, bien colocadas a un lado. Me dispongo a salir del cuarto para ver a los chicos cuando ellos entran con estrépito. Vachel me abraza con tanta fuerza que hace que despegue los pies del suelo, Judy lo hace de forma más cariñosa y Claudio apenas me toca. Parecen realmente felices de que siga viva, es algo que hace que me sienta dichosa. Sus muestras de afecto eran hasta asfixiantes, pero se agradecían.
En la cocina todo está más tranquilo, pues los únicos ahí somos Fausto y yo, el resto está viendo una película. Me entrega una ensalada césar, dice que si me da un plato de carne vomitaré. No tengo hambre, llevo dos días sin comer, pero no tengo hambre.
-Puedo darte de comer si lo prefieres.- dice con el tenedor en la mano.
-No, puedo sola.- contesto cortándole el rollo.
-Symphony, ¿Por qué eres más cruel y tajante conmigo que con el resto?
-Creo que es porque te tengo más confianza. Cocinas de lujo, por cierto. No creas que lo hago por odio, es por todo lo contrario.
-Acabas de decir que me quieres.
-Eh...no.-digo nerviosa.
-Lo has dicho, lo has insinuado.
-Jamás me enamoraría de alguien que no me corresponde.
-¿Quién fue el tonto que te dio a entender eso? Si quieres vamos a la cama y te enseño lo mucho que te quiero.
-No...no me gusta ir tan rápido...lo siento...si eso esperas de una relación olvídate de mí.
-Que linda eres, joder.- dice besando mi mejilla a escasos milímetros de mis labios.
-No te tomes tantas confianzas señor Rarito.
-Anda que a ti no te gustaría meter mano a este cuerpo que tengo.- dice poniendo morritos.
Pero mira a éste, que rápido se tomaba confianzas cuando se sentía liberado de presiones. Aún así no puedo esconder esa sonrisa, de tonta enamorada. Me pongo a jugar con la comida antes de atravesar la lechuga con el tenedor y llevarme el cubierto a la boca. Alguien me interrumpe dando pequeños golpecitos con los nudillos sobre la mesa. Alzo la vista para ver a Claudio, me mira con esa cara que dice: "Uy, aquí ha pasado algo".
-Déjame adivinar ¿Que será?- canturrea.- ¿Será que Fausto te hace tilín?
-A lo mejor, nunca se sabe.
-No mientas angelito, te mueres por sus huesos, muchas felicidades por haber encontrado el amor.
Un beso fugaz se deposita en mi frente y luego me levanta de la frente arrastrándome al salón. Me siento en suelo entre las piernas de mi ¿Amigo? ¿Novio? Bueno, entre las piernas de Fausto.

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