Narra Symphony
Esos tres todavía no han llegado, hace varios días que no veo a Claudio, eso es algo que me desespera. Llevo brazaletes que se iluminan en la oscuridad, un vestido negro con franjas del mismo material luminiscente de los brazaletes y una diadema de luciérnaga. Parezco un extraterrestre, pero ahí todos lo parecen, mis piercings son pocos en comparación con algunos tipejos. Visten de forma muy ostentosa, todos visten así. El olor a porros hace que arrugue la nariz, la gente mete en sus cuerpos cosas que dan asco. Aunque yo no debería hablar, en ocasiones me he dejado arrastrar por malas influencias y he acabado probando alguna que otra cosa, como drogas de diseño. De eso hace ya un par de buenos años, Fausto quien evitó que siguiera por ese camino. Él era de la clase alta, un muchacho bien educado que no se creía superior al resto, era muy inteligente, amable y tierno. Era mi mejor amigo, le tenía en muy alta estima, hasta le admiraba. Él estaba a mi lado, con un traje gris, una blusa negra y una corbata roja. Chasqueo la lengua envuelta en impaciencia cuando pasan diez minutos más, me sentaría, pero en el suelo hay desde colillas hasta condones. Sentí nauseas al pensar en lo que había pasado justo donde Fausto y yo estábamos pisando.
Un. Dos. Tres. Los minutos se suceden uno a uno, siento que la velocidad aumenta paulatinamente. Al final llegan con retraso, pero llegan. Cuando Fausto habla con el gorila enseguida nos dejan pasar, eso era por su posición, porque sus padres eran dueños de una gran empresa. Él me lleva de la mano hasta la barra, una vez allí pide un refresco y yo prefiero whisky. El alcohol es algo que controlo mejor que nada, estoy acostumbrada a beber desde los trece. Judy se pasa con la bebida, ella es lo que se dice una niña mimada, no acostumbra a beber. Llega un momento en el que ya no se sostiene en pie, se tambalea y Vachel la sujeta. Estaba lo que se dice muy pedo, me hizo gracia hasta que pasó aquello.
Se volvió a tambalear un poco cayendo sobre Claudio, quien la sujeta por la cintura ¿Y qué hace esa zorra? Besarle. Casi le mete la lengua en la garganta del morreo que le metió.
Fulmino con la mirada su rostro de niña pija mientras apreto con fuerza el vaso que lo estallo y me hago sangre. El camarero, que se llama Félix, me dice que no pasa nada por lo del vaso. Me entrega un paño para que me limpie y yo se lo agradezco, realmente era una buena persona. Su rostro intimidaba a la gente, no era lo que se dice un hombre agraciado, pero lo compensaba con aquel carácter tan servicial que tenía. Fausto me quita las fibras de cristal que se me han quedado incrustadas en las heridas antes de limpiarme con cuidado. Que mal día estaba teniendo, parecía una mala jugada del destino. Salgo fuera enojada y bastante ebria, no me puedo creer que el chico que me gusta se haya besado con mi rival, con la persona a la que más odio. Le digo al gorila que custodia la puerta que me largo, que no pienso volver a ese antro. Salgo del callejón tiritando de frío, con los brazos cruzados dándome calor y cuando encuentro el primer banco me siento apoyando la cabeza entre mis manos, sintiéndome estúpida. La mano me escuece las heridas, pero eso era bueno, al menos sentía algo porque el resto de mí parecía muerto. Alguien me toca el hombro, cuando alzo la cabeza distingo con mis ojos llorosos el pelo rubio de Fausto que brillaba como oro por el efecto de las farolas. Se sienta a mi lado sin decir nada, yo me recuesto sobre su hombro ya medio inconciente, él no se molesta por mí comportamiento y yo me quedo dormida por la cogorza.
* * * * * * * * *
Mi cabeza, me duele mucho, siento que me han dado cientos de martillazos. Debe ser la resaca por el exceso de ayer, eso espero, porque si así es estar normal no quiero vivir. Me levanto despacito, creo que la cabeza me pesa más de lo habitual, cuando me incorporo veo que no estoy en mi casa. Algo se mueve debajo de la sábana, hay alguien, ¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho? Tengo muchas lagunas sobre lo sucedido anoche. Me miro, estoy vestida, creo que eso es buena señal. Tengo miedo de ver quien duerme a mi lado, aunque creo que no he hecho nada de lo que tenga que arrepentirme. Me devano los sesos tratando de recordar lo que hice anoche, pero recuerdo únicamente a la estúpida de Judy y a Fausto consolándome después. No. Definitivamente no. Fausto no puede ser el que está a mi lado, pero al mover la sábana veo que sí que es él. Le sacudo el hombro con brusquedad para despertarle, necesitaba explicaciones.
Él también está vestido, con pijama, pero vestido. Se lleva una mano a la boca al bostezar, él no se toma ninguna prisa en despertarse, va a su bola. Trato de tener paciencia, pero debe haberse acabado porque me coloco sobre él, le sujeto por los hombros para que no se mueva y le digo que me cuente lo que sucedió anoche. Por alguna razón que no me importa se pone colorado cuando me acerco a él.
-¿Qué hemos hecho?- vocifero como una loca.
Al entender a que me refiero el rubor de sus mejillas aumenta.
-No hemos hecho nada.- dijo evitando el contacto visual.
-¿En serio?
-En serio.- afirma con una media sonrisa.
Le suelto y me acuesto boca arriba en la cama, con la respiración más controlada. La cabeza me duele una barbaridad, pero el saber que no me había acostado con él era mejor. Él me mira un poco enojado y presiona mi mejilla con su dedo índice.
-¿Tanto te molestaba tener tu primera vez conmigo?- dijo dolido.
-No es eso, es que si hubiera pasado algo anoche lamentaría haberlo olvidado.- sentí como le brillaban los ojos.- A lo que me refiero es a que quiero estar lúcida, sólo a eso.- enfatizo.
Que situación más incómoda, no me podrían salir peor las cosas. Fausto habrá pensado que me gusta, aunque él sabe que estoy enamorada de ese imbécil de Claudio. Me levanto de la cama casi de un salto para buscar mis zapatos y salir corriendo de ahí. Fausto se pone delante de la puerta cuando intento salir y le gruño.
-No permitiré que recorras el camino de la vergüenza.
-Me da igual lo que piense el resto.
-Pero yo no quiero que piensen mal de ti. Esperaremos a que pasen un buen par de horas, desayunaremos algo, luego te pondrás la ropa de emergencia y te llevaré a casa.
Ni me acordaba de la ropa de emergencia, hacía meses que lo habíamos hecho y nunca habíamos tenido la necesidad de usarla. La ropa de emergencia consistía en un conjunto de ropa que guárdabamos en casa del otro por si alguna vez nos pasaba algo, como mancharnos o rompernos la ropa. Jamás pensé que la tendría que usar para que nadie supiera que había pasado la noche fuera de casa. Pensé que tendría alguna llamada de mis padres, pero ellos pasan de mí igual que yo de ellos. Le pregunto a Fausto si me puedo duchar en su casa, el asiente y me entrega la ropa para que me pueda cambiar. Uso agua fría, me congelo bajo la alcachofa y aunque no logra que se me pase la resaca, al menos me despejo un poco. Me pongo la falda plisada de estilo escoces con cadenas junto con una medias negras, una blusa de botones blanca, una corbata negra y unos botines rojos. Cuando salgo del baño me llega una fragancia deliciosa, crepes con nata y frambuesas. Al lado de mi plato también hay una botella con agua para ayudarme a pasar la resaca. No puedo evitar dedicarle una sonrisa con un agradecimiento casi inaudible. Era un tío legal, esa era la razón por la cual es mi amigo y le tenía en tan alta estima. Al comer lo hago el silencio, igual que él, lo único que se aprecia es el sonido de los cubiertos chocando con el plato. La mano me escuece cuando uso los cubiertos, pero me aguanto.
-No deberías beber tanto, si yo no te hubiera traído a casa podrías haber acabado en la cama de cualquiera.
-Yo, no quería ser una molestia para ti, siempre acabo siendo una carga.- musito antes clavar el tenedor a una inocente fresa.
-Entiendo por qué te pusiste así, cuesta ver a la persona que te gusta babeando por otra y más debe doler si le ves besando a esa persona.
-Siento ganas de morirme, yo le quiero, no sé porqué es así, pero no puedo cambiarlo. Mi respiración se acelera cada vez que le veo, me ruborizo, tartamudeo y digo tonterías.
-Lo que te ocurre es normal, forma parte de nosotros y somos tan tontos que elegimos a la persona imposible.- dijo antes de acabarse su plato.
-Quiero arrancarme ese sentimiento del pecho y destruirlo, lo aborrezco.
-Es una de las cosas que nos hace humanos.
-Y débiles.- añado enfadada.- Lo que no nos hace fuertes, es inútil e innecesario.
-¿Y tú que sabes? A lo mejor hasta te gusta sentir que alguien te ama y que te espera en casa
-Puede que quizás me guste, pero por eso no deja de ser inútil. Te hace débil.
-Creo que nos fortalece, saber que tienes alguien en quien confiar.
-No estoy de acuerdo.
-Terca.- me dice con los brazos cruzados.
-Anda que tú.
Suelta una risa que intenta ocultar antes de coger los platos y comenzar a fregarlos. Es una risa cariñosa, de esas que aunque sea costa tuya no te importa. Del resto sí me molestaba, pero a él le conocía tanto y desde hace tanto que eso era normal en nosotros. Es muy placentero hablar con él de casi cualquier cosa, tenía un tono de voz precioso, suave y cálido que daba gusto oir. Me acuesto en su cama y él a mi lado, me bebo la botella entera en menos de media hora, el dolor no remite, pero se calma un poco. Al final se queda dormido mientras hablamos, al parecer no pudo dormir bien por mi culpa. Le tapo con la colcha de algodón de color verde y le contemplo unos segundos, era un chico muy bello. Yo me voy al salón para dejarle descansar, ahí permanezco pensando en que estarán haciendo aquellos dos tras el beso de anoche. Un escalofrío me recorre la espalda y me doy cuenta de que prefiero permanecer en la inopia. Vuelvo líquido mi dolor en forma de cristalinas lágrimas durante el tiempo en que Fausto dormía. Debí declararme, debí ser valiente, debí dejar de ser una niñata engreída. Ahora lo había perdido todo y no había marcha atrás. Debo dejar de ser una imbécil y crecer de una vez por todas, aunque eso significara dejar atrás todo lo que me importa. Demostraré a todo el Consejo, incluyendo a mi padre, que puedo ser alguien en esta vida. Lograré convertirme en líder de las fuerzas armadas, de nuestra ciudad. Escribo una carta de despedida a Fausto y la coloco a su lado. Quiero abrazarle una última vez porque no sé el tiempo que pasará hasta que nos volvamos a ver, pero temo despertarle, por lo que me voy.
* * * * * * * * *
Mi casa está vacía, sólo se escucha a la nada dominante, el silencio que me inunda. Meto todo lo que necesito en una bolsa de deportes. He de llegar a la base de las fuerzas armadas que se encuentra entre las montañas Delphos. Me llevo la blusa de emergencia de Fausto, quiero tener algo que me recuerde a él, algo a lo que poder agarrarme cuando me fallen las fuerzas, ya le echaba de menos. No me olvido de coger mi saco de dormir, tendría que pasar varias noches a la intemperie, porque a pie se va muy lento. Odio que los lugares estén tan aislados, hasta prohibían el uso de vehículos para que costara alcanzar aquel lugar.
Los que allí iban era para entrenarse y obtener un puesto, así que ir hasta allí era la primera prueba. Más allá del bosque dicen que habían criaturas salvajes, sedientas de sangre y deseosas de carne, yo nunca las había visto. Por si acaso me llevo mi puño de acero junto con varias otras cosas que podría necesitar, incluyendo una pistola que había robado de una casa que estaba en las afueras, por el bosque. Cuando tengo listo todo salgo con sigilo y me escabullo hasta los suburbios, ahí se podía salir sin tener que pasar por el control. Era lo más fácil del plan de no ser porque me encontré con él.
-Hola, Symphony. Ayer te fuiste muy rápido, temí que algo te hubiera pasado.
-Que te jodan.
-¿Estás molesta por algo? Y además, ¿qué haces aquí?
-Estoy bien, sólo vine a ver a alguien, nada importante.- las mentiras salieron de mi boca con suma rapidez y naturalidad.
-Oh, pues entonces no quiero hacerte llegar tarde, me alegro de haberte visto.
-Lo mismo digo.- esa mentira fue más dura.
Me largo de ahí casi corriendo, ver al hombre que me había partido el corazón y saber dominarme para no matarle era algo difícil, huir como estaba haciendo era muy sencillo. Claudio prácticamente vivía como un mendigo en este lugar de mala muerte, donde las carreteras son de tierra y las casas a penas se sostienen, aún así era más feliz que yo. Yo, que era hija de un miembro del Consejo, una persona con una buena educación y que vivía en una casa grande en la que era la única hija era incapaz de obtener un ápice de felicidad. Aprieto las mandíbulas con fuerza y rechino los dientes hasta tal punto que creo que se me ha salido un empaste, pero cuando llego adonde está la salida me olvido de todo y sólo soy capaz de ver un comienzo.
Aparto el tablón de madera humedecido por la lluvia de hace un par de días, está cubierto de tierra y se me queda pegada en las manos. Me limpio con la parte interior de una de las perneras, para ocultar que lo he manchado. El bosque me parece un lugar de lo más peligroso y mortifero. Hay árboles frondosos de largos troncos, algunos cubiertos de musgo y otros sin él. Muchos arbustos, es de lo que más hay, me llegan hasta las rodillas y creo que son venenosas porque me producen urticaria. Lo que más me preocupan son los bichos, pues cuando robé el arma de fuego me topé con una extraña mariposa muy colorida y llamativa, esas eran las más peligrosas. La mariposa se me posó en el brazo y unos instantes después la piel se me puso roja y me comenzó a provocar un ardor insoportable, tuve que mentir cuando fui al hospital y dije que encontré el insecto en el parque, según dijeron podría haber muerto por el veneno. En el bosque debía estar ojo avizor.
Una ciudad muerta envuelta en el misterio, una organización detrás de la seguridad y amores que no siempre salen bien.
martes, 3 de septiembre de 2013
Capítulo 2: No me rendiré ante el mundo
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